Sala II

LA SALA II exhibe obras pertenecientes al siglo XIX.
La sala está dedicada al siglo XIX, etapa de mayor florecimiento económico, social y cultural de la ciudad, y época en la que el Ayuntamiento inicia la política cultural que generará la actual colección de obra plástica.

Las unidades temáticas en las que se organiza la sala son las siguientes:

 

EL MUSEO MUNICIPAL EN EL SIGLO XIX

Una iniciativa de coleccionismo institucional

Este espacio recrea el origen de la colección pictórica municipal y aquel diseño expositivo decimonónico y, por ello, abigarrado del primer Museo de la ciudad que, inaugurado en 1880, albergaba  obras de artistas locales. Entre 1877 y 1890 la colección reunió 34 obras, que fueron adquiridas dentro de una política municipal de fomento y protección del arte mediante encargos, donaciones, concursos y exposiciones. Así, por ejemplo, la serie de los Cenacheros (Talavera, Nido, Grarite, Herrera y Velasco) se compone de las obras premiadas en concursos para el alumnado de la Escuela de Bellas Artes; y Una antesala de Cappa, Un murciano de Moreno Carbonero o Marina de Guillermo Gómez Gil, entre otras de las obras expuestas en la sala, formaron parte de la exposición organizada por el Ayuntamiento en 1880. El Museo Municipal ocupaba unas salas del segundo piso del Colegio de san Agustín, sede entonces del Ayuntamiento. Su primer Conservador fue José Ruiz Blasco, padre de Picasso, al que se dedica en la sala un lugar destacado. Funcionó intermitentemente hasta 1900 y tuvo un papel importante en la formación del joven Picasso ya que durante sus estancias veraniegas en Málaga acudía al mismo para realizar ejercicios de copias.

FIGURAS REALES, HISTORIA Y COSTUMBRES

La pintura de Género y de Historia. La crítica social y el retrato Las Exposiciones Nacionales fomentaron los grandes formatos y la pintura costumbrista y de Historia. En ocasiones ambos géneros se entremezclaron, como en El Alegato, obra de Bernardo Ferrándiz, el artista valenciano que convirtió a Málaga en un gran centro pictórico. Aquí, junto a lo anecdótico, la talla de los quintos en un pueblo valenciano, está presente la crítica social. La presencia lateral de un retrato de Fernando VII introduce en la obra “el cuadro dentro del cuadro”. El retrato ha sido uno de los géneros más  cultivados en España. La colección municipal cuenta con la presencia de creaciones que visualizan a diversos monarcas. Destaca por su excelencia el magnífico retrato que el malagueño Denís Belgrano dedicó  a María de las Mercedes, primera esposa de Alfonso XII. El cortinaje, el trono y el vestido resaltan la dimensión regia de la joven e infortunada reina. Por su parte, el sevillano José Villegas, recrea con pincelada brillante y suelta en La última visita de Don Juan de Austria a Felipe II el momento en que este Rey encarga a su hermanastro el gobierno de los Países Bajos. En la escena pueden identificarse personajes relevantes del momento. La Historia Sagrada aparece representada con el boceto de La decapitación de San Pablo, de Enrique Simonet. Aquí se aprecia el inicio del proceso creativo de una obra de gran formato donde destaca el tratamiento del apóstol y la recreación romántica de la Roma clásica a través de la luz, la arquitectura y la indumentaria de los personajes.

MÁLAGA Y EL MAR

La marina en el paisajismo malagueño

Desde sus orígenes fenicios en la Antigüedad, Málaga y el Mediterráneo forman una simbiosis perfecta. A través de este último han llegado pueblos, culturas y creencias. Su carácter marinero, comercial, portuario, cosmopolita y abierto forma parte indisoluble de su identidad. En el universo pictórico, la impronta del mar va a marcar una línea creativa que se inicia en el último tercio del siglo XIX con la influencia que Carlos de Haes ejerciera sobre una serie de alumnos que se dedicaron al paisaje realista, especialmente la marina. Éste es el caso de Emilio Ocón, uno de los principales impulsores de la fuerza que adquiere el género en la pintura malagueña del siglo XIX. Gran aficionado al mar, estudia náutica y destaca por su habilidad en el dibujo de barcos. Su obra Crepúsculo en el Puerto de Málaga había inaugurado en 1878 el realismo de las marinas con sus pinceladas minuciosas, propias de la toma directa y fiel de la realidad, de un mar en calma iluminado con la luz propia del Mediterráneo. De entre sus discípulos, se exhiben obras de dos firmas que muestran la calidad del género en Málaga: Gartner, que tiñe de tonalidades plateadas y brumosas la marina malagueña y Verdugo Landi que, en busca de los escasos rincones agrestes de la costa, centra sus composiciones en olas que dramatizan sus marinas. La imagen de la ciudad desde el mar fue un tema más recurrente incluso que el mar mismo que, salpicado de balandros, veleros, jábegas, galeras o barcos de vapor, recorta su perfil desde el litoral.

EL BODEGÓN FLORAL EN LOS INTERIORES BURGUESES

Bracho Murillo. Pintor de las flores

La pintura de flores, considerada como un género menor, contaba con una asignatura específica para las clases de “señoritas” de la que José María Bracho Murillo era profesor en la Escuela de Bellas Artes de San Telmo desde su llegada a Málaga en 1877. Su labor produjo la consolidación del género pictórico, cuya repercusión fue también acogida por artistas como José Nogales, Horacio Lengo y Ruiz Blasco, entre otros. Desde el mismo año de su llegada, y con motivo de la visita del rey Alfonso XII, Bracho Murillo participa en exposiciones locales con obras como el bodegón floral dedicado al enlace real con María de las Mercedes. En esta sala podemos ver diferentes muestras de su especialidad, bodegones con clara influencia de la tradición dieciochesca valenciana y del barroco flamenco, pero que demuestran un ejercicio de modernidad en la toma directa del natural, como se aprecia en esos detalles de hojas o flores caídas. Son estudios minuciosos de la flora autóctona malagueña: rosas, nardos, hibiscos, pacíficos, pensamientos, jazmines…, agrupados en finos jarrones de cristal o porcelana. Combinaciones florales, bien entonadas y compensadas cromáticamente, que resultaban muy decorativas para la clientela habitual de este género, una poderosa burguesía que adornaba con ellas sus interiores domésticos.

LOS FESTEJOS DURANTE LA “BELLE EPOQUE”

El cartel: Entre el Modernismo, la sofisticación y el casticismo  El nacimiento de la Feria de Málaga en 1887 marca el inicio de un nuevo género artístico: el cartel de feria. Se le puede considerar heredero del cartel de toros presente en la ciudad desde 1840 y de los bandos y programas murales empleados para anunciar los festejos del Corpus a mediados del siglo XIX. La dimensión turística influye decisivamente. Se conjugan en él elementos pictóricos y otros procedentes de las artes decorativas. Era preciso difundir dentro y fuera de Málaga las excelencias, el atractivo y los espectáculos que se ofrecían cada año. El excelente elenco de pintores malagueños activos entre fines del XIX y principios del XX como Martínez de la Vega, Jaraba o Murillo Carreras realizan espléndidas obras conjugando historicismo, casticismo y modernismo. Éste último está presente en las líneas onduladas de su decoración vegetal y en la tipografía. Pero el gran protagonista de estas obras es el costumbrismo casticista. Sobre todo bellas malagueñas ataviadas con la indumentaria popular de la época. En un segundo plano, aparece casi siempre una perspectiva de Málaga con sus iconos identificativos. El mensaje de texto va perdiendo protagonismo. Se muestran en esta sala piezas correspondientes a la colección del Archivo Municipal: los carteles de Feria de Agosto de 1892, 1910, 1911, 1912 y 1914 y los de los Festejos de Reding de 1895 y 1914.

 LAS MALAGUEÑAS SE VISTEN  DE FIESTA

En Málaga convivían hace un siglo lo popular y lo burgués, lo castizo y lo cosmopolita. También en el universo femenino. El objetivo de este espacio es el de visualizar la indumentaria que las malagueñas de entonces empleaban cuando salían a divertirse. Por una parte, tenemos a las mujeres que vivían en Capuchinos, Trinidad o el Perchel. Según los viajeros extranjeros “no muy altas, talle pronunciado, andares garbosos, ojos y pelo negros como el azabache, “caracolillos” sobre la frente, que con mantilla, peineta y flores naturales saben componer los más originales, los más graciosos atavíos”. Luego estaban las “señoras” y “señoritas” de la Alameda, del Limonar y de La Caleta. Eran las hijas de comerciantes e industriales, muchas veces con sangre foránea en sus venas. Educadas en La Asunción o por institutrices, se les enseñaba idiomas y buenos modales. Aborrecían la mantilla y la “toca” y se volvían locas con los costosos modelos de alta costura traídos de  París. Gracias a la magnífica colección de Francisco Zambrana se exhiben en la sala dos conjuntos de indumentaria femenina con piezas originales. El popular está formado por una falda con cinturón y una blusa sobre la que luce un rico mantón de Manila montado “a la moronga”. El burgués o aristocrático consiste en un espectacular traje de fiesta de dos piezas en seda adamascada con galones de pedrería creado por el modisto inglés establecido en Paris Charles Frederick Worth, uno de los creadores de la Alta Costura.

 
MUPAM SALA 2